Última actualización el Miércoles, 01 Junio 2011 Domingo, 22 Mayo 2011
El día 21 de Octubre de 1520 una armada de cuatro naos o carabelas, Trinidad, San Antonio, Concepción y Victoria, en las que ondeaba el pendón de Castilla, superaba los 52º de latitud austral navegando la Mar del Norte a la vista de la costa. Iba al mando de la misma, como Almirante y Capitán General, Hernando de Magallanes. Era éste un hidalgo portugués que había pasado al servicio del monarca castellano, movido por un objetivo al que había hecho razón de su vida madura: el descubrimiento de un paso de mar a través del continente hacía poco descubierto por Colón, a fin de alcanzar, por la vía del occidente. Las Molucas, la codiciada tierra donde abundaba la especiería, fuente de riqueza y poderío consiguiente en la Europa del siglo XVI.
En consecución de su objetivo, Magallanes había debido sufrir variadas contrariedades y amarguras, hasta encontrar en la corte hispana oídos atentos para su proyecto y –lo que en verdad importaba- aprobación y fondos para la empresa descubridora. La armada de Molucas, así bautizada por su destino, pudo ser aprestaba debidamente y zarpó al fin el 20 de septiembre de 1519, desde el puerto de San Lúcar de Barrameda, rumbo de las costas meridionales de América, en lo que habría de resultar el más sensacional de los viajes marítimos emprendidos por hombre alguno en los anales de la humanidad.
Largos trece y aciagos meses, por los azares sufridos, habían transcurrido desde aquella alborozada partida sin que la fortuna se mostrara propicia para el portugués. Dejada atrás la boca del río de Solís de la Plata, las naos habían explorado todas las escotaduras que ofrecía la costa sudoriental americana, en procura del ansiado paso que franqueara el acceso al país de las especias.
La búsqueda había sido vana hasta entonces y la desilusión consiguiente que hubo de apoderarse de algunos oficiales y tripulantes, que no poseían el férreo vigor espiritual del obstinado marino, acabó por provocar un alzamiento, que fue conjurado sin contemplaciones.
Superado el trance doloroso, Magallanes había redoblado su porfiada decisión de continuar explorando en la búsqueda del estrecho, así tuviesen las naos que proseguir singlando hasta el mismo Polo Antártico. Y con tal determinación la armada había levado anclas desde la bahía de San Julián el 18 de octubre.
A poco navegar, aquel 21 pareció ser el hito cronológico que habría de señalar el cambio de fortuna. En efecto, ese día memorable las naves superaron la alta barranca de un cabo que Magallanes llamó de las Once Mil Vírgenes, por la festividad cristiana de la fecha, y pudieron advertir tras la tierra baja que de la misma arranca, actual punta Dúngenes, una amplia abertura a modo de golfo o gran bahía.
Superada la punta baja y adentrada las naves de exploración, pudo comprobarse que la gran bahía se prolongaba hacia el suroeste a través de una estrechura. Se producía así aquel 21 de octubre, en rigor histórico, el hallazgo del que hoy sabemos es el paso interoceánico y. Además, el descubrimiento de Chile por el sur.
Durante la misma memorable jornada Magallanes determinó enviar dos carabelas en plan de reconocimiento de aquella penetración que insinuaba un paso de mar, en tanto él mismo con las otras dos naves aguardaba fondeado al amparo de las barrancas de la actual bahía Posesión.
En la noche de aquel día histórico el Almirante y compañeros pudieron observar, no sin asombro quizá, extraños fuegos sobre la llana costa dela tierra que tenían hacia el sur, que manifestaban presencia de vida. Eran los Selk`nam que con las fogatas de sus paraderos anunciaban de tal manera su existencia.
De ese modo singular fue apercibida la porción nororiental del territorio austral del estrecho que, desde aquella noche primaveral y por razón de las circunstancia señalada, fue bautizada como Tierra de los Fuegos. Por coincidencia singular , hoy en día, transcurridos más de cuatro y medio siglos desde aquella ocasión , los tripulantes de las naves que entran al Estrecho por el oriente pueden contemplar un espectáculo semejante al que observaran Magallanes y sus hombree, no ya debido a los fuegos aborígenes, sino a las antorchas que queman los gases desechables de los yacimientos petrolíferos.
Comprobada al cabo de reiterada exploración la continuidad de la desconocida vía, Hernando de Magallanes dio la orden de navegar adentro, pues aquel brazo de mar parecía ser el estrecho que tantos afanes le habían significado. Corría entonces el 1º de noviembre de 1520.
EXPLORACIONES Y CONOCIMIENTO GEOGRAFICO
Luego del viaje descubridor y entre 1526 y 1558, año del arribo del capitán Juan Ladrillero, se sucedieron las navegaciones de Francisco García de Loaiza en 1526, Simón de Alcazaba en 1535, León Pancaldo en 1537 y Alonzo de Camargo en 1540, Francis Drake em 1578, Pedro Sarmiento de Gamboa en 1580, Oliverio van Noort en 1599.
A estas alturas del siglo XVI y corridos sesenta años del descubrimiento, la geografía tenía siquiera una información general acerca de la configuración de las parte norte y noroccidental de la Tierra de los Fuegos. Las navegaciones de otros marinos europeos, ingleses y holandeses, que se sucedieron desde 1587 hasta 1615, resultaron como algunas anteriores irrelevantes para el conocimiento geográfico.
En cuanto a la costa oriental fueguina, nada se sabía, sin embargo, la situación hubo de cambiar con la navegación de los holandeses Willen Schouten y Jacobus Le Maire, arribados al extremo americano en plan de comprobación de la existencia de un segundo paso interoceánico, exploración que tuvo culminación exitosa con el hallazgo del Cabo de Hornos el 29 de enero de 1616. Dos años después llegaron los capitanes españoles Bartolomé y Gonzalo Nodal, quienes fueron los primeros en cincunnavegar la Tierra del Fuego, quedando con esto definitivamente comprobada su condición de isla.
Detal forma la Tierra de los Fuegos fue asumiendo una progresiva definición geográfica, la que siguió mejorándose y corriegiéndose paulatinamente, según avanzó el conocimiento obtenido con sucesivas exploraciones. Entre varias cabe mencionar por sus contribuciones la de los holandeses Jacobus L´Ermite en 1624, Henrik Brouwer en 1643, el viaje de Jonh Narborough en 1670 y la contribución admirable producto del esfuerzo exploratorio de los capitanes Philip Parker King y Robert Fitz Roy desde 1826 hasta 1832.
LAS EXPLORACIONES DEL INTERIOR DEL TERRITORIO FUEGUINO
Para mediados del siglo pasado se tenía una noción global bastante aproximada a la realidad respecto de la isla grande de Tierra del Fuego. Claro está que ella correspondía al litoral, pues el interior persistía como una gran incógnita.
PRIMERA EXPLORACION AL INTERIOR DE TIERRA DEL FUEGO
En 1873 un aventurero francés EUGENIO PERTUISSET organizó la primera exploración al interior de la parte norte fueguina, enterado de la supuesta existencia de un tesoro de los Incas oculto en la Tierra del Fuego. El resultado aparente de esta expedición fue el hallazgo de manifestaciones auríferas, circunstancia que llevó a Pertuisset a solicitar una concesión de terrenos en la isla grande de Tierra del Fuego y en la isla Dawson, y a plantear un proyecto de colonización, propósito que no llegó a concretarse por distintas razones.
EXPLORACIÓN AL INTERIOR DE TIERRA DEL FUEGO - (POR RAMON SERRANO MONTANER)
El 1ª de Enero de 1879 el teniente de la Armada de Chile, Ramón Serrano Montaner daba comienzo, desde la costa de la Bahìa Gente Grande, a una exploraciòn del territorio fueguino. La misma le habìa sido encomendada por sus superiores en cumplimiento de las instrucciones del Gobierno de Chile que tenìa interés en conocer las particularidades geográficas del ignoto interior de la isla grande y en particular obtener información preliminar sobre la variedad y estimación de los recursos naturales de la misma.
Durante casi dos meses Serrano y compañeros llevaron a cabo un recorrido exploratorio de la sección norte y parte de la sección central de la isla. Desde Gente Grande, avanzaron con rumbo general SE hacia la sierra Balmaceda, descubriendo en el trayecto el rìo que el jefe de la partidabautizò del Oro, por las manifestaciones minerales que presentaba por doquiera.
Esta exploración –modestamente denominada excursión por su realizador – entregò las primeras informaciones útiles para el conocimiento del interior fueguino. Serrano observò cuidadosamente y describiò el territorio en cuanto a su orografía, vegetación, animales y recursos de agua; aspectos mineralògicos y geológicos. Concluyò la relaciòn que preparò de su recorrido, estimando la bondad de los campos fueguinos para la crianza ovejera, en la parte del norte, y para el ganado mayor, en el distrito de los bosques, del mismo modo como considerò practicable el laboreo aurífero en los rìos descubiertos en la zona septentrional.
Al ilustrar de esta manera al Gobierno, el explorador abrìa de hecho la etapa de la ocupación colonizadora, suceso transcendente que en efecto se comenzarìa a producir ante de dos años, una vez divulgados los hallazgos auríferos.
EXPLORACION AL INTERIOR FUEGUINO POR JORGE PORTER
La evidencia de placeres auríferos en ríos fueguinos despertó el interés de Jorge Porter, antiguo oficial de la marina, quien a fines de 1880 realizó una excursión por la parte noroccidental de la isla en plan de prospección más detenida de manifestaciones minerales. Este viaje permitió a Porter dar con nuevos placeres en varios ríos y arroyos que bajaban de los cerros Boquerón. Al reconocimiento minero hay que agregar un aporte geográfico de gran importancia como fue el hallazgo de la bahía que nombró PORVENIR, tal vez queriendo expresar el optimismo con que consideraba el futuro de la comarca una vez puesta en explotación la riqueza mineral que contenía. Porter realizó el relevamiento hidrográfico preliminar de la bahía y construyó el primer plano de la misma.
EXPLORACION AL INTERIOR FUEGUINO POR LOS INGENIEROS ALEJANDRO BERTRAND Y ANIBAL CONTRERAS
En 1885 estos técnicos recorrieron la zona dorsal de Boquerón ocupada por los recientes asentamientos mineros, realizando diversas observaciones geográficas y mediciones geodésicas.
Fruto de este breve viaje fue la primera expresión cartográfica moderna de la zona noroccidental, desde la bahía Inútil hasta la península Espora y que se incluyó en el “Mapa de la Región Central de las Tierras Australes”, publicado en 1886.
A partir de los viajes de Ramón Serrano y Jorge Porter, solo se mencionan las principales exploraciones, en particular las que tuvieron un desarrollo completo o parcial sobre la parte chilena de la isla.
En 1886 y 1887 tuvieron ocurrencia en suelo fueguino otras dos expediciones que harían historia. La primera de ellas fue emprendida por el explorador patagónico argentino Ramón Lista, aunque desarrollada en suelo argentino , fue de provecho para la parte chilena, pues le permitió a Lista descubrir algunos ríos importantes cuyo desarrollo hidrográfico principal transcurre en suelo nacional. Tuvo además este, el triste privilegio de ser el primero en verter sangre indígena en tiempos modernos, al sostener un encuentro armado con los Selk´nam. La segunda expedición estuvo a cargo del ingeniero de minas Julio Popper, de origen rumano quien con una partida armada cruzó la Tierra del Fuego desde la bahía Porvenir hasta la de San Sebastián. Popper, agudo observador ratificó las optimistas apreciaciones de Serrano Montaner en cuanto a las posibilidades de explotación económica del suelo fueguino.
Poco tiempo después que Popper, el griego Cosme Spiro, se lanzó a recorrer las secciones norte y central, siendo su objetivo encontrar vetas minerales explotables económicamente, dando con ellas en las costas abruptas del litoral nororiental del seno Almirantazgo.
Algo después en enero de 1888, el sacerdote italiano José Fagnano desembarca en la costa de Puerto Yartou, para obtener un conocimiento personal de los indígenas fueguinos. Otras expediciones al interior fueguino fueron la de Eduardo O´Connor en 1892, la de los dos españoles, polidoro Willems y Enrique Rousson también en 1892, la expedición científica sueca de Otto Nordenskjold entre 1895 y 1896. la de Antonio Marazzi durante la segunda mitad de la década del 80 y los capitanes Baldomero Pacheco en 1893 e Ismael Gajardo en 1899.
Entrado el siglo XX, merecen citarse por su importancia y resultados la dirigida por el botánico Carl Skottsberg y la serie de expediciones que inició el sacerdote salesiano Alberto De Agostini en 1910 y que se extendieron hasta 1932.
De tal manera al iniciarse la década de 1930 se disponía de un conocimiento general de la geografía física de Tierra del Fuego, e informaciones apreciables respecto de aspectos científicos particulares. Toda esta progresiva información se había vertido a su tiempo en una abundante cartografía, circunstancia que a su tiempo fue facilitando la ocupación y el aprovechamiento económico de la isla.